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La guerra cristera (parte II)

Entre noviembre de 1926 y junio de 1929 el país se envuelve en una nueva revolución, la lucha de hermanos contra hermanos. Las revoluciones anteriores como las de 1810, 1857, 1910 habían surgido por diferencias políticas, ésta comienza por la intolerancia religiosa.

Su incubación se dio en 1857, su gestación de siete décadas atravesó por la reforma en donde la iglesia pierde el control de nacimientos, matrimonios, defunciones y hasta de los cementerios, además de disminuir su injerencia en las decisiones de gobierno.

Si en 1860 la cúpula de la iglesia hubiese entendido que México cambiaba, transitaba a una democracia moderna secularizada y laica, el país se hubiera evitado miles de muertes y sin duda se habría encaminado a una nación más próspera.

La iglesia se empeñó en confrontar a los gobiernos para recuperar el poder político otrora detentado, eso nos llevó a los diez años de guerra fratricida y la invasión francesa sucedida entre 1857 y 1867.

En el porfiriato y la revolución maderista hubo consensos, nada había cambiado en la ley, pero la cúpula de la iglesia y el poder político en México optaron por «llevar la fiesta en paz», ambas partes aportaron a una paz social de convivencia.

Con el triunfo del constitucionalismo de Venustiano Carranza en 1914 se empoderaron los bolcheviques, los socialistas, los jacobinos. Estos grupos de personas basan su ideología en el ateísmo, el escepticismo, la negación de un ser supremos a quién llamar Dios.

Con Carranza llegó al poder el grupo Sonora: Álvaro Obregón, Plutarco Elías Calles, Adolfo de la Huerta y con ellos Emilio Portes Gil y Lázaro Cárdenas, entre otros de pensamiento socialista o jacobino radical.

Obregón y Calles no sólo buscaron la separación iglesia-gobierno. Pretenden aniquilar, extinguir la iglesia católica. Construyen una narrativa en la cual culpan a la iglesia de todos los males sociales y políticos de México, parcialmente tenían razón, pero no es con violencia que se alcanza la paz.

A inicios del siglo XX, más del 90% de la población mexicana profesaba el catolicismo, era evidente que la agresión contra la iglesia se sentiría también como propia en muchos sectores de la población.

La guerra cristera comenzó como disputa política en 1914 cuando los sonorenses y algunos líderes de la iglesia radicalizaron el debate. Al quedarse los sonorenses con la presidencia del país, las tensiones crecieron.

Apoyados por algunos sectores de masones, por apasionados del socialismo llegado a México; los presidentes sonorenses practicaron la exclusión, la violencia, el odio por causas de su anticlericalismo.

En menos de tres años murieron casi 250,000 mexicanos, la mayoría sin estar involucrados en la guerra, víctimas del odio y el abuso.

La intolerancia no cedió, pero Portes Gil, el presidente que sustituyó a Calles, prefirió pactar la guerra con la iglesia mediante un «innoble arreglo», en vez de seguir el exterminio étnico-religioso.

La guerra cristera es una vergüenza en la historia mexicana, tanto que gobierno, iglesia y hasta medios prefieren callar sobre lo sucedido hace cien años.

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