Resumen
Abordar la vida y obra de don Serafín Peña (1844-1926) equivale a recorrer la historia de la educación oficial primaria en Nuevo León durante la segunda mitad del siglo XIX. En ese periodo chocaron tres concepciones educativas: la tradicional educación clerical —heredera de la Colonia y defendida por la Iglesia Católica—, la Escuela Lancasteriana promovida por particulares y la Escuela Moderna, sustentada en los principios positivistas de Auguste Comte.
Bajo la influencia positivista, el maestro Serafín Peña, junto con Miguel F. Martínez, construyó el sistema de instrucción pública primaria del estado. Este sistema unificó y ordenó la educación básica, cumpliendo los tres principios liberales: gratuidad, laicidad y obligatoriedad. Lograr que la instrucción quedara bajo control estatal requirió tres acciones fundamentales: construir escuelas suficientes, imponer a los padres la obligación de enviar a sus hijos y enfrentar la oposición de la Iglesia y las resistencias conservadoras de las familias.
Para dirigir este profundo cambio cultural fue necesario contar con maestros de sólida vocación, capaces de entregarse por completo a una tarea ardua y soportar pruebas personales y políticas propias de la época. Don Serafín Peña reunió precisamente esas cualidades: un carácter firme y tenaz, pero afable; una profunda vocación magisterial alimentada por sólidos conocimientos pedagógicos abiertos a las nuevas corrientes modernas, y la convicción de que la ignorancia y la superstición solo se vencen mediante la enseñanza científica, sin violentar las creencias religiosas privadas.
Además, demostró un fuerte apego por Nuevo León, así como también rechazó ofertas mejor remuneradas en otros Estados para concentrarse en resolver los problemas educativos locales. Conoció las dificultades de la educación desde abajo: empezó como ayudante, fue docente, inspector de zona, director de escuelas y, finalmente, director de la Escuela Normal y de la Instrucción Primaria Oficial del estado.
Este ensayo fue realizado en un primer momento para el ingreso a la Sociedad Nuevoleonesa de Historia, Geografía y Estadística del Dr. Hernán Guadalupe Ledezma Almaguer, en el cual se planteó un posicionamiento orientado al análisis y la reflexión en torno a las y los profesores que han tenido relevancia en la historia nuevoleonesa. En un segundo momento, como parte del diálogo de saberes desarrollado en la Escuela Normal Superior Profr. Moisés Sáenz Garza, y en atención al desarrollo de habilidades didácticas y la articulación entre teoría y práctica, se integró al alumno Néstor Axel González Haros en un ejercicio colaborativo. Esta sinergia entre formación inicial y experiencia docente enriqueció la reflexión académica, al propiciar una construcción conjunta del conocimiento más sólida, crítica y significativa para el ejercicio profesional.
Palabras clave: Serafín Peña, Sistema Educativo, Educación en Nuevo León, Escuela Moderna, Formación docente.
Abstract
Examining the life and work of Don Serafín Peña (1844–1926) is essentially a way of tracing the history of public primary education in Nuevo León during the second half of the nineteenth century. During this time, three educational models came into conflict: traditional clerical education—rooted in the colonial period and defended by the Catholic Church—the Lancasterian School promoted by private individuals, and the Modern School, based on the positivist principles of Auguste Comte.
Under the influence of positivism, Serafín Peña, along with Miguel F. Martínez, built the state’s public primary education system. This system unified and organized basic education, fulfilling three liberal principles: free access, secularism, and compulsory schooling. Bringing education under state control required three key actions: building enough schools, enforcing parents’ obligation to send their children, and confronting opposition from the Church as well as conservative resistance within families.
To lead this profound cultural shift, it was necessary to rely on teachers with a strong sense of vocation, capable of fully committing to a demanding task and enduring the personal and political challenges of the time. Don Serafín Peña embodied these qualities: a firm and determined yet approachable character; a deep commitment to teaching, supported by solid pedagogical knowledge open to modern trends; and the belief that ignorance and superstition can only be overcome through scientific education, without violating private religious beliefs.
He also demonstrated a strong attachment to Nuevo León, turning down better-paying offers from other states in order to focus on addressing local educational challenges. He understood the system from the ground up: he began as an assistant, became a teacher, served as a district inspector, worked as a school principal, and ultimately became director of the Normal School and of the state’s public primary education system.
This essay was initially written for Dr. Hernán Guadalupe Ledezma Almaguer’s admission to the Sociedad Nuevoleonesa de Historia, Geografía y Estadística, presenting a perspective focused on analysis and reflection on teachers who have played a significant role in the history of Nuevo León. In a second stage, as part of the academic dialogue developed at the Escuela Normal Superior Profr. Moisés Sáenz Garza, and in support of developing teaching skills and connecting theory with practice, the student Néstor Axel González Haros was incorporated into a collaborative exercise. This synergy between initial training and teaching experience enriched the academic reflection by fostering a more solid, critical, and meaningful co-construction of knowledge for professional practice.
Keywords: Serafín Peña, Educational System, Education in Nuevo León, Modern School, Teacher Training.
ÍNDICE
Antecedentes familiares y primeros años de vida del maestro Serafín Peña
Transformaciones históricas de la educación con el apoyo del maestro Serafín Peña
Anécdotas con el maestro Serafín Peña
El ideario literario del maestro Serafín Peña
Serafín Peña y la Moral
Referencias Bibliográficas
1. Antecedentes familiares y primeros años de vida del maestro Serafín Peña.
Los primeros años del maestro Serafín Peña estuvieron marcados por la temprana muerte de su padre y la precariedad económica familiar. Don Bernardino José de la Peña falleció cuando Serafín aún no cumplía dos años. Su madre, doña Rosa Treviño, crió sola a siete hijos: José María, Jorge, Marín, Serafín, Juana, Coleta y Carmen. Para sostener la familia, doña Rosa trabajaba como torcedora de tabaco y vendía cigarros en las tiendas. El pequeño Serafín la ayudaba en las ventas (Ordoñez, 1960).
En la familia De la Peña destacaba una tradición docente: tanto el tío paterno, don Agabo Ramón de la Peña, como el propio padre, don Bernardino, se dedicaron a la enseñanza y a la literatura. Don Agabo fundó una escuela en 1812 y enseñó durante cuarenta años. Don Bernardino impartió las primeras letras desde 1815 y escribió poemas y teatro. No es extraño, por tanto, que Serafín encontrara su vocación en la docencia, aunque no sin dificultades.
Dos experiencias marcaron su juventud: el Seminario Conciliar y el Colegio Civil. Ingresó al Seminario a los 11 años (1855), impulsado por la necesidad económica y porque era el único centro donde se podía cursar la secundaria. Allí estudió Latinidad, Filosofía, Artes, Teología y Derecho Canónico, pero abandonó la carrera eclesiástica en 1863, a los 19 años, en medio de la polarización provocada por las Leyes de Reforma.
Fuera del Seminario, ingresó al Colegio Civil para estudiar Jurisprudencia, pero también comenzó a trabajar como ayudante en una escuela pública dirigida por don Amado Valdez. Esta doble trayectoria —estudios universitarios y práctica docente— confirmó su verdadera vocación magisterial y marcó el inicio de su larga carrera, continuando así la tradición familiar.
Esta decisión consolidó definitivamente su camino como maestro y desarrolló en él una fuerte tendencia autodidacta, nutrida tanto por los libros como por la experiencia diaria en el aula.
Aún así, por un breve tiempo coexistieron dos opciones: el magisterio y la jurisprudencia.
La coyuntura definitiva ocurrió pocos meses después, cuando un profesor preguntó sobre la retroactividad de la Ley de Desamortización. La respuesta firme y liberal de Serafín provocó la ira del maestro, pero también le reveló que su carácter conciliador y respetuoso no encajaba en el mundo de las disputas políticas. Abandonó definitivamente la carrera jurídica tras solo tres meses y abrió por completo la puerta del magisterio, consciente de que implicaba mayor sacrificio en un país convulsionado.
El magisterio representaba la herencia más valiosa recibida de su padre y su tío. En la familia Peña, la educación nunca fue solo un medio de subsistencia, sino un compromiso social profundo. En aquellos años, la educación era también un campo de batalla entre la visión clerical conservadora y la liberal moderna que buscaba reducir la influencia política de la Iglesia. Esta confrontación había dejado el sistema educativo en condiciones lamentables.
Datos ilustrativos confirman esta realidad: las primeras escuelas oficiales liberales se fundaron entre 1834 y 1835 (Guzmán, 1996; Vizcaya, 2006). En 1882 Nuevo León contaba con solo 10 escuelas primarias públicas y 28 particulares (Flores, 2014). Como educador, Serafín Peña valoraba el aprendizaje mutuo: los niños también enseñaban a sus maestros. Su experiencia docente fue fuente constante de reflexión sobre métodos y valores morales.
En el plano familiar, se casó con Lucía de la O. Al no tener hijos propios, adoptaron primero a José, huérfano de padre. Doña Lucía falleció en 1899. Posteriormente, adoptaron a Concepción y Francisco, también huérfanos, y los criaron junto a su madre biológica para preservar el ambiente familiar. José se dedicó al periodismo y murió trágicamente en un altercado. Concepción se graduó como profesora en 1904 y fundó en 1918 el Instituto Serafín Peña. Francisco estudió medicina y se especializó en enfermedades transmisibles.
Don Serafín valoraba profundamente la vida familiar, aunque su entrega a la educación limitaba el tiempo con sus hijos. Los poemas dedicados a Francisco, escritos durante su estancia en la capital, expresan el dolor de la separación. En 1918 fue nombrado Benemérito de la Educación.

2. Transformaciones históricas de la educación con el apoyo del maestro Serafín Peña
A finales del siglo XIX, la modernización económica —impulsada por el ferrocarril y el capital extranjero— hizo impostergable la transformación de la educación pública. La Escuela Lancasteriana, basada en la memorización y el alumno-monitor, perdía vigencia. La Sociedad Lancasteriana desapareció en la última década del siglo, justo cuando el Estado mexicano decidió asumir el control nacional de la educación.
El paso clave fue el Primer Congreso Nacional de Instrucción Pública (1 de diciembre de 1889 – 31 de marzo de 1890), impulsado por Joaquín Baranda. Su objetivo central, según Baranda, era “hacer de la instrucción el factor originario de la unidad nacional” (citado por Solana, 1981).
Miguel F. Martínez asistió como delegado de Nuevo León. En el Congreso se enfrentaron dos corrientes positivistas respecto al laicismo: los moderados (neutrales, que limitaban el laicismo a las escuelas oficiales) y los radicales (anticlericales, que lo extendían a todas las escuelas). Justo Sierra expresó la posición conciliadora del gobierno porfirista: todas las escuelas quedarían sujetas a lineamientos estatales, pero las particulares conservaban libertad religiosa. El Congreso adoptó la neutralidad, restringiendo el carácter laico a las escuelas oficiales.
El Primer Congreso trazó las bases de un sistema nacional gratuito, obligatorio y laico en los niveles elemental, básico y preparatorio. Estableció uniformidad de métodos y orientación cívica, una visión positivista expresada en la escuela moderna y un control administrativo moderno.
Los temas principales acordados fueron:
Enseñanza elemental integral (moral práctica, instrucción cívica, historia patria, ciencias, artes y educación física).
Carácter popular y gratuidad.
Educación rural y maestros ambulantes.
Escuelas de párvulos (poco desarrolladas entonces).
Escuelas para adultos (ante el 82 % de analfabetismo en 1895).
Instrucción primaria superior.
Trabajos manuales y educación física.
Locales escolares e higiene.
Emolumentos y jubilación de maestros.
El Segundo Congreso (1890-1891) completó los pendientes: rechazó definitivamente el sistema Lancasteriano, afirmó el control estatal, priorizó métodos inductivos y objetivos, y enfatizó la creación de escuelas normales para unificar la formación docente.
Ambos congresos buscaron centralizar la educación y ponerla al servicio del desarrollo económico y la unidad nacional. Esto implicaba un cambio cultural masivo y una disputa ideológica con la Iglesia.
En este contexto, con el apoyo del gobernador Bernardo Reyes —impulsor de la industrialización de Monterrey—, los maestros Miguel F. Martínez y Serafín Peña impulsaron la Reforma Escolar de 1892 en Nuevo León. Martínez se encargó de la organización técnica y legal; Peña, de la metodología y didáctica.
Se promulgaron la Ley General de Instrucción Pública y su reglamento, además de normas para preparatoria, normal, medicina y jurisprudencia. La prioridad fue la primaria y las dos profesiones base de la modernidad.
Peña adaptó y desarrolló métodos modernos para cada asignatura, sustituyendo los viejos textos memorísticos de influencia religiosa por materiales científicos y prácticos. Destacó la dirección y vigilancia estatal para garantizar educación laica, sin discriminación y de calidad.
Frente a la resistencia municipal a los cambios, nadie mejor que Peña —afable, perseverante y convincente— para dialogar con maestros rurales y explicar la superioridad de la escuela moderna: sus fines eran el perfeccionamiento físico, intelectual y moral del niño, visto ahora como sujeto activo y no como recipiente pasivo.
Se implantó el método fonético analítico-sintético de Claudio Matte para lectura y escritura, se graduaron los contenidos de lengua a lo largo de seis años y se aplicaron cálculo mental y regla de tres en aritmética. Se difundieron nociones científicas de las ciencias naturales para reemplazar ideas religiosas o simplistas.
Un gran acierto fue estructurar los cursos en orden ascendente (de lo sencillo a lo complejo) y concebir una educación integral que atendiera los aspectos intelectual, moral, estético y físico.
La falta de maestros capacitados (la Normal formaba solo unos 10 al año) se atendió con Conferencias Pedagógicas a partir de 1897.
3. Anécdotas con el maestro Serafín Peña
La práctica docente fue para Peña una fuente inagotable de saber pedagógico. Las anécdotas preservan su inteligencia, su afabilidad y su capacidad para reflexionar y resolver problemas reales del aprendizaje, alejándose de la memorización mecánica y el castigo.
Una anécdota clave ilustra su paso por el Colegio Civil: ante la pregunta sobre la retroactividad de la Ley de Desamortización, respondió con firmeza liberal pero conciliadora: el clero había usado sus bienes como arma contra el gobierno, por lo que el Estado tenía derecho a desarmarlo para evitar mayores conflictos. Esta postura le valió el enojo del maestro y lo convenció definitivamente de abandonar la jurisprudencia.
Otra anécdota temprana muestra su rechazo al castigo físico. Al castigar a un alumno llamado Francisco, este dibujó una caricatura burlona en la pizarra. Al verla, Peña reflexionó: ningún ser humano tiene derecho a hacer sufrir a otro, especialmente a un niño indefenso. Los grandes educadores enseñan que el amor y el ejemplo del maestro logran más que las reprensiones o castigos. Esta experiencia fortaleció su vocación por métodos modernos y humanistas.
En la Escuela Normal, una noche al dar su primera clase al segundo curso, ganó inmediatamente la confianza y el cariño de los estudiantes. Su convicción, modestia, puntualidad y empeño en enseñar —sin presumir— lo convertían en modelo para futuros maestros.
4. El ideario literario del maestro Serafín Peña
La obra literaria de Serafín Peña, dispersa en periódicos y revistas, refleja sus sentimientos y convicciones magisteriales. Su poesía, cívica y sentimental, canta a la patria, al hogar y a sus hijos.
En los poemas patrióticos —inspirados en la épica clásica y las odas de Píndaro— celebra las victorias de la independencia y anima a construir un destino propio de paz y progreso. Canta a una patria herida por guerras fratricidas, pero llena de esperanza.
Los poemas dedicados a su hijo Francisco expresan el dolor de la separación; la naturaleza se humaniza para compartir su pena. En toda su poesía destaca el esmero modernista en la construcción métrica y la elegancia del lenguaje.
5. Serafín Peña y la Moral
El maestro Peña concedió gran importancia a la enseñanza de la Moral en la Escuela Moderna. Esta materia no solo era para los niños, sino también para los maestros, pues el nuevo sistema exigía educadores de elevada calidad ética que enseñaran con el ejemplo cotidiano.
Siguiendo a Comte, Peña entendió la Moral como cívica y humanista: separada de la religión dogmática y basada en el conocimiento científico, orientada al bien de la humanidad y la sociedad.
En sus Apuntes de Moral para los maestros principiantes (1905), utiliza relatos breves para ejemplificar conductas correctas e incorrectas en el ámbito familiar y comunitario. Estos cuentos, herederos de la tradición antigua (Odisea, Ilíada, parábolas), sintetizan lecciones morales de forma sencilla y memorable, mostrando consecuencias y favoreciendo la prevención en lugar del castigo.
Ejemplo: “Resultados de la desobediencia” (relato de la viuda y el niño que juega con fuego) ilustra dramáticamente las consecuencias de no obedecer.
Peña también retoma el diálogo socrático. Las preguntas encadenadas llevan al alumno a reflexionar y autocorregirse:
Debemos amar a nuestros padres más que a nadie en el mundo
¿Consideras justo corresponder con igual cariño a todas las personas…?
¿Quién te quiere más que tus padres?
Luego, ¿cómo debemos amar a nuestros padres? Respuesta: Debemos amarlos más que a nadie en el mundo.
Además, define conceptos como veracidad, sinceridad, dignidad personal y orgullo. Aunque predomina la moral cívica positivista, aparecen ecos religiosos que reflejan el contexto de resistencia a la laicidad en 1892.
La Reforma Escolar enfrentó grandes dificultades iniciales precisamente por la falta de maestros preparados para aplicar los nuevos métodos. Peña dedicó su vida a superar ese obstáculo con paciencia y convicción.
Referencias Bibliográficas
Flores Salazar, A. V. (2014). Monterrey, 1882. Revista Ciencia UANL, 17(67).
Guzmán Guadiana, J. M. (1996). Monterrey y sus 400 años en la educación. Universidad Autónoma de Nuevo León.
Larroyo, F. (1977). Historia comparada de la educación en México (12.ª ed.). Porrúa.
Ordoñez, P. D. (1960). Don Serafín Peña: Notas biográficas y breves apuntes sobre su labor educativa y su producción didáctica y literaria. Monterrey.
Peña, S. (1905). Apuntes de moral para los maestros principiantes. Tip. J. Cantú Leal.
Solana, F., Cardiel, R., & Bolaños, R. (Coords.). (1981). Historia de la educación pública en México. SEP-FCE.
Vizcaya, I. (2006). Los orígenes de la industrialización de Monterrey (1867–1920). Fondo Editorial Nuevo León.






















































































